en memoria de Ayelén Borda,
ellos saben muy bien de que
estoy hablando.
Cuando empezaron las convulsiones, Guillermo supo que la cosa entraba en picada.
La pobre piba parecía una hoja en otoño: arrugada y seca.
Era casi un milagro que siguiese viva.
Salvo alguna que otra pequeña parte, que el fuego de su hogar en llamas había respetado, el resto era una llaga. una inmensa, dolorosa e hija putesca llaga.
Junto a él, los empleados del aeropuerto subían al avión todo el equipamiento de urgencia de la ambulancia de una manera que distaba de ser profesional. Algunas cosas se caían, otras quedaban sin subir, mientras subían algunas que debían permanecer en tierra. Era una grotesca y desesperada mudanza en medio del área de servicios de ese lugar tan castigado por el patagónico viento.
Se permitió unos segundos para observar a los padres de la piba.
Curtidos los rostros, vencidas las espaldas.
Trabajo, sacrificio, sacrificio, trabajo.
Al pedo, al pedo, al pedo, al pedo.
Siempre, siempre, siempre al pedo.
En la mierda nacés, en la mierda crecés, en la mierda vivís y es esa misma mierda la que te hace la fiesta de despedida cuando pedís pista para el vuelo final.
Pista.
¿En qué otra pista estaría el avión sanitario de la Provincia? - se preguntó Guillermo sin obtener respuesta alguna.
Que un imprevisto viaje.
Que el gobernador.
Que la señora del gobernador.
Que el avión sanitario era más veloz y moderno.
¡Que se vayan a la puta madre que los parió ese par de desubicados!
El instituto del Quemado esperaba allá, en esa lejana Buenos Aires, y el matrimonio en un acto político en la loma del orto.
Habían mandado otro avión después de varias horas pero este era un simple avión de pasajeros.
Al otro era al que necesitaban.
Pero ....
Nadie sabía exactamente en donde estaba y cuando podía estar disponible.
Corrió en dirección a la nena acostada en esa camilla apenas protegida entre las puertas abiertas de la ambulancia.
Se ahogaba.
Irónicamente lo hacía, mientras el viento despeinaba a su chamuscado flequillo sobre la tiznada frente.
Se iba.
Volvió a sentir esa impotencia que a veces llegaba para decirle que él era sólo un médico.
No Dios.
Lamentablemente no lo era.
Aunque ....
Pensó en Dios.
¿Para que lado solía estar mirando cuando sucedían estas cosas?
Tembló al recordar a su desesperado padre, en esa triste y plena agonía que regala una descuidada clinica de PAMI, gritando quizá sin conciencia alguna, antes de cerrar para siempre su existencia sobre esta tierra, ese profundamente hereje "¡Qué bien crucificado estás, hijo de Puta!" que todavía lo sacudía desde el fondo de su propia historia.
De la misma forma en que se sacudía esa castigada hojita otoñal que estaba pronta a abrir sus alas.
Quería volar la pobre, ignorante de que sería un vuelo sin retorno.
Su compañero se puso junto a él.
La observaron, en silencio, por dos o tres segundos.
El patagónico viento agitaba sus pequeñas alas.
Quería emprender el vuelo.
No.
No Ayelen.
Trataron de impedirsélo.
Se les iba.
Traviesa y joven, muy joven.
Se les iba.
¡Donde mierda esta ese avión, carajo! - gritó en medio de la impotencia.
¡Ya terminamos! - la voz de uno de los empleados que cargaban el equipamiento de la ambulancia al avión llegó a él lejana, muy lejana.
¡No este, el otro, el que sirve!
El tipo lo miró sin comprender al mismo tiempo que la chamuscada niña decidía levantar su vuelo.
Intentaron sujetarla.
Le rogaron.
Quedate.
Le suplicaron al oído.
Quedate.
Danos una oportunidad.
Quedate.
Centenares de amaneceres te esperan.
Quedate.
Hay tantos dulces que no probaste.
Quedate.
Existen tantas caricias que no brindaste ni te brindaron.
Quedate.
Que aún existe la esperanza ....
Esa esperanza que comenzó a desvanecerse en el exacto momento en que la vieron, al fin, elevarse en su último vuelo.
Murieron todas las posibles palabras en sus gargantas.
Una sacudida, leve y final, fue el último regalo de Ayelen, que se perdió entre las cargadas nubes que cruzaban el revuelto cielo patagónico, regalando tristes sombras sobre la desierta meseta.
Era libre al fin de sus terrenales dolores.
Guillermo pensó de nuevo en el avión sanitario, en el gobernador que soñaba una futura presidencia y en la politica.
Esa politica que no es mala ni buena pero que suele manejar otras prioridades.
Se permitió una poco profesional lágrima mientras los destrozados padres se abalanzaban sobre la chamuscada y vacía cáscara que un rato antes había sido su hija.
¡Ya terminamos! - otra vez el empleado.
"No, no terminamos" - pensó Guillermo.
Esto nunca va a terminar.
Nunca.
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