Mientras el gerente hablaba y hablaba sobre la gran familia que todos formaban y se metía en el repetido tema de compararlos con una gran colmena (a la cual llegaban, día a día, a fabricar la miel que endulzara la vida de sus semejantes) Horacio soñaba con rodillas sucias, bolitas de mil colores, manchas venenosas, escondidas y volvía a ver la sonrisa de su abuelo junto al pellizco en la mejilla. Otra vez, el autito de juguete (por arte de magia) lo tentaba con interminables rutas de granito, que dejaban de ser cordones, y montándolo en sus alas lo llevaban a recorrer el mundo.
Escuchaba el relamido cuento de las ventas que no cerraban (nunca lo hacían), de las finanzas en rojo (como el autito de la niñez), de los mayores esfuerzos para alcanzar los logros deseados y se le mezclaba en los oídos todo el comercio del mundo con la lluvia repicando en los vidrios empañados de una antigua cocina de Almagro y el chocolate caliente. Recordaba lo temprano que oscurecía en invierno y veía los crayones y cuadernos mientras Mamá (que aún vivía) reinaba en su doméstico imperio, donde papá escribía Papá - Horacio- Mamá en un vano intento de enseñarle a leer y lograr que fuera un poco menos duro el asunto ese de empezar el colegio.
Tomó su lapicera y remarcó una cifra, tal como había sido el pedido de su jefe que no paraba de lamentarse, de invitar a la reflexión. Siempre amenazaba con la calle, que deglutía a los huérfanos laborales y escupía sus huesos al costado de un arroyo contaminado, donde se eternizaban aquellos que no hacían su lucha por la vida de acuerdo al libreto escrito por triunfadores capitalistas que odiaban a los hombres de infancias felices.
La reunión de esa mañana parecía más densa y recargada que otras. Quizá fueran ellos, once tipos de sacos y corbatas, con i pods y netbooks, escuchando atentos a otro, que de pie frente a ellos, gesticulaba demasiado. Quizá era él, jugando de trece (la yeta) en la mesa, que se hacía ver en el gran espejo que tapizaba una de las paredes, recordándole la reproducción de la Ultima Cena, que su tío tenía en el taller mecánico. La imagen le acercaba la extraña sensación de un Judas y un próximo crucificado, en estos modernos tiempos de diminutos muñecos programados para crecer y morir bajo el signo del dinero. Ese dinero que siempre era ajeno, pero sabiamente protegido por cipayos como ese estúpido gerente, que nunca reía y que absorvía cerebros, comprometiéndolos en trabajos que robaban las ilusiones y los sueños. Se ponía nervioso con estas realidades y empezaba a sentir un odio, pequeño al principio y creciendo, segundo a segundo, como una infernal bola de nieve hecha alud en la pendiente interminable.
Para, un poco más tarde, dejarse arrastrar por algo, más allá de lo explicable, que le daba la idea de acabar con todo, levantándose (como ya lo hacía) para lanzarse sobre el robotizado ejecutivo, abrazándolo en una cosa que no era amor (pero seguro pasión) para arrojarse por el amplio ventanal (que estaba a centímetros de la gran mesa), gritando que ya basta, que era la hora de la libertad.
Completando ese acto fugaz que no llegó a lamentar, porque la vereda abrió sus piernas para recibirlo en la vagina feliz de la nada, cruzando por su mente, el desconocimiento de no saber quien de los dos que morían era el Mesías y quien Judas. |